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SENTENCIAS JUDICIALES

¿Con qué propósito?

por Phil Bartle

tradución de Lourdes Sada

Folleto de adiestramiento

Nuestro sistema judicial no tiene una política o filosofía cohesiva ni integrada respecto a los fines y objetivos de las sentencias impuestas a los delincuentes convictos

En su lugar, hay un revoltijo de tres objetivos diferentes, sin justificar a la luz de la investigación científica sobre el comportamiento humano, y que son incompatibles entre sí.   Estos tres objetivos son: (1) castigo, (2) rehabilitación, y (3) aislamiento y reclusión.

El castigo es el fin de más largo historial.  En la mayoría de las sociedades más simples, la norma era la venganza, y la administraban los grupos parentales del afectado.  Con la formación de los gobiernos supremos, como los reinos, la aplicación del castigo dejó de estar en manos de las familias afectadas cuando el gobierno central reclamó el monopolio del uso legítimo de la fuerza, incluyendo las guerras y el castigo a los delincuentes.

El rey o la corona (que representaba al gobierno central) se convirtieron en la única institución con derecho a cometer asesinatos, a menudo por decapitación y después por ahorcamiento, guillotina o cámara de gas.  Conforme el castigo se iba haciendo más «humano» (un oxímoron), la prisión y el látigo fueron sustituyendo al asesinato de estado.

Lo que se demuestra con poca investigación es que el castigo no sirve para nada.  Desde luego, condenar a muerte al delincuente nos asegura que no podrá cometer más crímenes, pero es como tirar al bebé junto con el agua del baño.  A menudo, nuestro modelo refleja de forma inconsciente los viejos westerns de Hollywood: hay buenos y malos (o como dice Arbusto [Bush], «Estás a nuestro favor o en contra nuestra»).  El mundo no está compuesto de buenos y malos: hay algo de bueno y de malo en cada uno de nosotros.  La diferencia principal entre nosotros y los que se encuentran en la cárcel es que nosotros hemos podido evitar que nos pillaran.  Al matar al delincuente, el estado destruye lo bueno junto con lo malo.

Cualquier castigo menor, como infligir dolor o malestar, parece estar justificada por nuestro deseo emocional colectivo de venganza, no por un razonamiento científico del resultado.  Los delincuentes que han sufrido a causa del dolor tienden a desarrollar un resentimiento creciente contra las autoridades y contra el conjunto de la sociedad.  Además, mientras están encarcelados viven en una comunidad de presos con grandes conocimientos sobre cómo cometer delitos, y al volver a la sociedad después de cumplir  sus sentencias, han adquirido estos conocimientos y la imaginación necesaria para volver a delinquir.  La prisión provoca un incremento de los delitos, no una reducción.

Como aconseja la Política de Sanidad Primaria de la OMS, la prevención sería mucho más barata en cuanto a costes financieros y en cuanto al dolor y sufrimiento de las víctimas y del delincuente castigado.  La prevención debería incluir muchos más servicios a los niños en situación de riesgo.  No obstante, los políticos actuales saben que la mayoría del público general no piensa de forma lógica ni razonada sobre el delito, experimentando a menudo sentimientos de culpa, y se inclinan emocionalmente hacia la venganza en lugar de hacia la razonable solución de la prevención.  Como los políticos buscan su reelección, suelen trabajar a corto plazo, con políticas expeditivas en lugar de dar una verdadera solución –aunque sea temporalmente impopular– al problema.

Oímos hablar de «dejar que el castigo vaya acorde con el delito».  Tampoco se ha reflexionado en este caso.  Si un hombre viola a una mujer, ¿su castigo debería ser una violación?  ¿Quién se encargaría de infligir  este castigo?  (Si es guapo, quizá lo violen en la cárcel).    O por el contrario ¿se le debería desarmar?  (Los agresores sexuales corren el peligro de sufrir ataques en prisión).  Es de sobra conocido que una sentencia de cárcel implica una sentencia a ser violado en prisión, o forzado a convertirse en el «cariñito» de alguien más poderoso, a cambio de su protección contra las violaciones indiscriminadas.  Este es el castigo que reciben los presidiarios que gustan a otros presidiarios, no todo el mundo.

El segundo objetivo, la rehabilitación, es bastante idealista en su concepto, y tampoco tiene demostración científica.

Hablemos primero del prefijo «re» de esta palabra.  Indica el retorno a una condición previa.  Este prefijo implica que el perpetrador era puro y limpio antes de cometer el delito, y que la actuación del estado pretende volverlo a convertir en esa persona.  Nadie es puro ni limpio, y muchos de los que llenan nuestras prisiones experimentaron una infancia de tal violencia que su transformación en delincuentes era algo seguro.  La palabra «habilitación» sería más correcta.

En las décadas –si no siglos– que este concepto lleva existiendo, nadie ha logrado concebir un programa para habilitar delincuentes.  Es alta la reincidencia, la tasa de retorno a la cárcel tras la puesta en libertad, y casi llega al 100% si el delincuente es drogadicto.  Hay un delito que tiene una tasa muy baja de reincidencia: el asesinato no premeditado de la pareja, pero sigue habiendo peticiones públicas de cárcel para los perpetradores.  El programa de la Universidad de Victoria para proporcionar educación a los reclusos (que pasó después a depender del SFU), que comprendía desde la alfabetización al nivel universitario, tuvo un gran éxito en cuanto a la reducción de la reincidencia, pero no entre los adictos a la droga.

Probablemente, la rehabilitación de los delincuentes incluye la educación y la búsqueda de formas para aumentar la autoestima.  Algunos delitos pueden exigir otros elementos.  La pedofilia, la agresión sexual a menores, parece ser incurable, por lo que la habilitación sería imposible.  Existen dos variedades de pedofilia: (1) los que aman y no desean hacer daño a los niños, pero ven el sexo con ellos como una forma aceptable de demostrar su afecto, y (2) los que desean someter a violencia a víctimas vulnerables e indefensas, que suelen matar al niño.  Pocas personas de nuestra sociedad hacen esta distinción.  Los presidiarios desprecian a este tipo de delincuentes, que se encuentran en el nivel más bajo de la jerarquía carcelaria, y tienen que recurrir a otros internos para protegerse de la violencia o el asesinato.  Evidentemente, la habilitación tomaría formas muy diferentes en cada uno de estos tipos.  Por el contrario, los ladrones de bancos suelen tener una altísima opinión de sí mismos, comparándose con Robin Hood, y normalmente disfrutan de un lugar privilegiado en la jerarquía carcelaria.  Como los drogadictos, estas personas parecen ser adictas a la adrenalina que produce la acción, y es muy probable que cometan delitos similares tras su puesta en libertad.

La mayoría de los sociólogos y psicólogos consideran que el factor que motiva una violación no es la libido, el deseo de sexo, sino el deseo de ejercer el poder.  En parte, se debe a una extensión de nuestra socialización según el sexo, y en parte a la incapacidad del violador para sentirse válido en la sociedad, lo que le impulsa a buscar formas ilegítimas de poder como compensación.   Sería un error utilizar en la rehabilitación cosas como los tratamientos de choque para disminuir la libido, cuando la fuente del problema es otra. 

La conclusión es que distintas personas cometen distintos delitos por distintas causas, pero los mezclamos a todos en la misma jaula, dándoles las mismas experiencias, cuando es evidente que hacen falta diferentes tratamientos para habilitarlos con éxito.

Es estúpido, si no imposible, combinar habilitación con castigo.  Nadie es capaz de aprender mientras le infligen un castigo, y lo que menos se aprende es a tener autoestima. El resentimiento y el dolor se lo impedirán.

El término «reclusión» sólo significa el hecho de mantener encerrados a los presos hasta que terminen su condena, sin castigarlos ni intentar habilitarlos.  Por definición es incompatible con los otros dos.  Se justifica por el deseo de mantener a esas personas alejadas de la calle, y de «proteger» a la sociedad asegurando su aislamiento.  La lógica falla puesto que la mayoría de las sentencias son por un periodo finito de tiempo, y los condenados acabarán por recuperar la libertad.  Habrán adquirido nuevos conocimientos y nuevos sentimientos negativos contra las autoridades y la sociedad en general.

No importa qué fines persigue una sentencia, fracasará porque los reclusos reciben mensajes mezclados y experiencias contradictorias.  Esto es lo que proporcionamos en la actualidad.

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Última actualización: 2011.05.17


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